Obra gráfica de los artistas argentinos que conformaron el grupo Espartaco

Grupo EspartacoImágenes como signo de una época que marcó a fuego la vida de los argentinos, en la muestra del grupo Espartaco, revelan tanto las tensiones estético-políticas como el cambio cultural en tiempos de rupturas.

La importante exposición del grupo Espartaco en la Biblioteca Nacional, recupera la experiencia histórica como toma de conciencia del pasado a través de objetos que, como viajeros en el tiempo revelan tanto las imágenes como las posiciones estéticas y políticas que marcaron la vida de los argentinos en los años 60 y 70.

Y refleja el cambio del imaginario cultural en una época de ruptura.

Afiches, diarios, cartas, grabados, libros, catálogos y fotografías provenientes de archivos personales procuran dejar vivo testimonio de un período de creación y compromiso artístico y político en la Argentina.

Este desembarco en el 3° piso de la biblioteca de la mano de Nora Patrich, que compartió parte del recorrido y conserva la mayoría de estos materiales, exhibe una recopilación de la obra gráfica de los artistas que conformaron el grupo Espartaco: Carlos Sessano, Raúl Lara, Ricardo Carpani, Esperilio Bute, Elena Diz, Mario Mollari, Juan Manuel Sánchez, Pascual Di Bianco y Franco Venturi.

Estos artistas que venían exponiendo juntos, cobran notoriedad en 1959 a partir del “Manifiesto por un Arte Revolucionario en América Latina” con el objetivo de “aglutinar a todos aquellos que compartieran la aspiración de ser parte de un arte de masas militante, que significara a su vez el reencuentro con la identidad nacional colectiva y por contigüidad lingüística, histórica y social con América Latina”.

El nombre se toma en homenaje a la Liga Espartaquista, capitaneada por Rosa Luxemburgo, movimiento obrero alemán de raíz marxista.

En el documento advierten la ausencia en nuestro país de una “expresión plástica trascendente y que defina nuestra personalidad como pueblo, por lo que proponen una continuidad con la obra de Orozco, Rivera, Tamayo, Guayasamín, o Portinari, como intérpretes de la gran Nación Latinoamericana”.

Ofrecen también un análisis del estado de la cuestión, acerca de los pintores que la crítica había  llevado a un primer plano, como plagiadores y repetidores de viejas y nuevas fórmulas. Mientras dicen que “El resultado de todo esto es que el artista no tiene otro camino para triunfar que el de la renuncia a la libertad creadora, acomodando su producción a los gustos y exigencias de aquella clase”.

Se pueden ver varios documentos como los que hacen un llamado a los intelectuales a participar junto al pueblo, para que no suceda lo mismo que durante el “p……..” (sic)
En otros ofrecen su aporte a sindicatos, gremios, universidades y entidades populares, a través de afiches para propaganda.

Seguramente no se identifiquen todos los autores salvo Carpani o Sánchez,  pero al ver la galería de publicaciones que se despliega en estas vitrinas definitivamente se reconocen las imágenes de una época como un signo.

Se exhiben las postales y artículos de la acción “Malvenido Rockefeller” una muestra de originales para afiches en rechazo a esta visita, a la que le habían negado la entrada en otros países sudamericanos.

También se destaca el artículo del diario “El mundo” del 30 de noviembre de 1967, que da cuenta de la intervención de la policía en la muestra de homenaje al CHE, en la sede de la Saap de la calle Florida, y cómo luego les exigieron descolgar los 35 retratos realizados por los mejores pintores del momento, con la ridícula excusa de prevenir posibles atentados.

La memoria viva, que estas imágenes portan, refresca y trae al presente las discusiones y pasiones que movilizaron a nuestros artistas a cuestionar no sólo una producción artística extremadamente colonizada, sino también cómo y dónde mostrar sus obras, con quien interactuar y la tan temida pregunta de cuál es la función del arte y los artistas.

Concebían la libertad de crear como columna vertebral y como vehículo de comunicación, con la certeza de que el arte  despierta las conciencias.

“El arte como instrumento de liberación, como arma de combate”.

Eligieron la figuración como lenguaje comprensible  y fueron herederos tanto del cubismo, como del surrealismo, y sobre todo del expresionismo alemán, del grabado y las líneas netas que expresan el dolor en la condición del hombre enfrentado a explotaciones guerras y desamparos.

Crearon una estética en un singular mestizaje entre  las corrientes europeas y la emergencia latinoamericana, los brochazos negros describían rostros fragmentados a partir de la geometría, los colores de la tierra se abren paso, con reminiscencias picassianas y evocaciones del Guernica.

Y siempre el hombre y la mujer como protagonistas.

El entusiasmo los llevaba a pensar que si hacían una buena muestra podrían cambiar el mundo, que la  revolución era posible a través de sus pinceles, aunque en la primera exhibición la gente se acercaba a ver con extrañeza y algo de desagrado “esas criaturas monstruosas” que interpelaban desde los lienzos.

Recurrieron a la gráfica como un modo de multiplicar, expandir y difundir las imágenes, que  poblaron no solo las galerías, sino escaparates y kioscos, desde las tapas de revistas y libros.

Carpetas de grabados que circulaban, ilustraciones en volantes, pancartas  y afiches que vestían claustros y sindicatos, comedores y dormitorios, acompañaron las luchas y las transformaciones del pensamiento en un anhelo de liberación.

Esas pinturas paradigmáticas que cambiaron la mirada, cruzaron las fronteras a partir del exilio de del galerista Simón Patrich y se pueden ver inclusive en las casas de actores de Hollywood, como el padre de Bonanza, El agente 86- Maxwell Smart o Fernando Lamas, a través de las fotos en diversas publicaciones.

Tematizaron una realidad para que aparezca en el cotidiano, y de ese modo crearon estas imágenes que representan como ninguna, una época de preguntas y de acción, donde la revolución no era utopía y ocupaba todos los ámbitos.

Y de ese modo nos devolvieron una imagen propia, nacional y latinoamericana, embebida de un compromiso político y una crítica social contundente.

Sin descuidar la creación en una búsqueda plástica que se apartaba tanto de las premisas del realismo socialista- al que Gonzales Tuñón, entre otros, se refiere como formulas vacías – como de la pura abstracción que era lo que en ese entonces se ocupaban las vanguardias.

“El discutido ‘tema americano’, escribe el poeta, “no significa aquí la utilización de atractivos folklóricos, el anecdotario directo, sensiblero o pintoresquista: sólo el puro, esencial, penetrante, apasionado reflejo de esas realidades antes aludidas y a veces ásperas, ya luminosas, de hondo dramatismo, con intención de mañana. Por lo mismo decimos que el arte del Grupo Espartaco está “lleno de futuro”…

En 1968 se disuelven como grupo, por considerar que sus objetivos estaban en marcha y eran abrazados ya, por la mayoría de sus colegas. Continuaron trabajando en apoyo de causas populares junto a muchos otros, como la muestra en contra de la guerra de Vietnam. La última muestra conjunta fue la del Cordobazo.

Algunos se integraron a la comisión de la Saap, otros a la militancia como Venturi, que cayó preso en 1972, siguió dibujando intensamente adentro hasta ser liberado con la amnistía del 25 de mayo del 73. Continuó trabajando como dibujante y desarrollando una importante labor de crítica política.

Fue secuestrado el 20 de febrero de 1976 en Mar del Plata, y continúa desaparecido. Los demás partieron al exilio.

En los textos como el interesantísimo artículo de Tuñón, se expresan sin tapujos criterios y diferencias estéticas. Así como “La Gioconda Perez Mamani” de Sánchez con un fondo andino, es un reflejo contundente de una postura que habla desde el sur del continente.

En el video se puede ver el tenor de estas discusiones, los pintores recuerdan vivamente el boicot ejercido hacia Berni, por quienes manejaban los museos, y como mayor exponente de esa posición estética oficial a Romero Brest.
Cuentan cómo después estos representantes del “establishment”, tuvieron que aplaudir cuando al autor de “Ramona y Juanito Laguna”, lo premiaron en la Bienal de Venecia por sus grabados.

Otro reflejo del momento efervescente es un libro de “Gráfica política” realizado por el tándem de Ernesto Laclau y Felipe Noé, otro claro signo de la época.

Esta valiosa exhibición pone en el candelero los dilemas y tensiones acerca del arte y la sociedad, en este caso la plástica y sus creadores,  que a lo largo de los años se mantienen en la puja entre corrientes artísticas y una difícil relación con el rol y la inserción de los artistas con el medio.

También hace foco acerca de quién es el sujeto de diálogo. Y por supuesto entre la relación entre arte y política.

Estas piezas gráficas se convierten en un espejo donde mirarnos, y reconocer una época de rupturas y revoluciones, de cambios de paradigmas, donde los artistas fueron parte y propiciaron el encuentro de dos mundos, planteando una estética que atravesó ámbitos sociales y discusiones desde el interior de la plástica.

Una exposición histórica que refresca la memoria y muestra tanto el camino recorrido, como las diferencias y similitudes de esos momentos con el presente, y de ese modo nos interroga acerca del mundo del arte y la cultura, en definitiva sobre nosotros mismos.

Hasta el 26 de julio en la sala Juan L. Ortiz, de la Biblioteca Nacional

Fuente:

http://www.telam.com.ar/notas/201307/24707-la-aventura-de-un-arte-revolucionario.html

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