Luis Maria Güemes | Biografía

Luis Maria Güemes – Biografia

Trabajos Especiales :
Planos y Dibujos para la publicación del libro “ Buenos Aires Guia de Arquitectura ”
Arq: Alberto Petrina.-

v    Estudios especiales, cursos y seminarios :
•    Taller Libre de Dibujo y Pintura: Pquia. Nstra. Sra. del Socorro con el matrimonio de los maestros Liliana Calvo y Héctor Linares.
•    Cursos completos de Historia de La Arquitectura/Arte y Urbanismo en la SCA (Sociedad Central de Arquitectos).
•    Curso completo de Historia del Arte desde “La prehistoria” hasta la “Modernidad” en Estudio ETHOS, Integridad, estética y consonancia: de la Dra. Marta Zátonyi.

v    Concursos y becas:
•    Concurso y exposición de trabajos en el MNBA (Museo Nacional de Bellas Artes) para la BA 95, Bienal de Arq. y Urbanismo. Dibujos de Arquitectos.
•    Beca y Premio “Bruno Venier” otorgada por la esposa del artista y curso anual en  composición y color dictado por la artista plástica Josefina Mazzaglia.
•    Trabajos expuestos para la galería “Rg en El Arte-Galeria Internacional” de Mercedes Rodrigo”, en la galería Santa Fe, CABA.Dos obras de El Vaquiano.-
•    Exposición en el año del Bicentenario Mayo del 2010. Centro Cultural El Árbol, San Isidro. Obras El Vaquiano.

¡¡¡Finalmente…nació el Vaquiano!!!

En realidad, comenzó a gestarse el 9 de Febrero de 2004, al volver de unas vacaciones en Ñu Porá, campo de la familia de Celina, en Santa Fe. Y se hace realidad ahora, como punto de fusión de tres “Energías” que conviven en mí desde que nací:

El Artista – El Gaucho – El Guía  =  EL VAQUIANO.

El Artista nació conmigo el 3 de Diciembre de 1962, en la calle Azcuénaga y Córdoba, más precisamente en el Sanatorio Otamendi, Barrio Norte, Capital Federal, y desde entonces permaneció siempre, entre luces y sombras, encendido u oculto, pero siempre allí adentro, como germen innato en evolución.
Se fue gestando entre aciertos y tropiezos, ya sea como fiera al acecho o como pescador de pasiones o, simplemente como nómade que tranquila y pacientemente vagara por los tiempos de la espera. Mi Terribilé, mi estado creativo, penduló, casi siempre, entre la Pasión y la Dulzura entre la Lucha y la Ternura.
Este León, por así llamarlo, a veces dormido, a veces despierto, lo primero que incorpora a su talla de artista bienaventurado, es al Dibujante.

El Dibujante:

De niño me gustaba mucho dibujar. A los 7 u 8 años agarraba cualquier papel y lápiz negro y copiaba dibujos de historietas u otros dibujos sin parar, durante largos ratos.
Recuerdo que sombreaba muy bien, era mi fuerte, y dibujaba muy bien los músculos y los volúmenes. También tenía muy buen trazo y pintaba los tonos bien definidos, tanto con lápiz negro como con colores. En realidad tenía un buen pulso y copiaba exactamente lo que veía.
Aunque era apocado y vergonzoso para con mis propias virtudes, mis padres vieron este despertar vocacional y a mis 10 o 12 años me llevaron a un taller de dibujo y pintura reconocido en ese entonces. Al mismo concurrían figuras y artistas, bohemios e intelectuales conocidos del momento, tales como Celia Guevara, hermana del Che, que era mi profesora. El taller se llamaba M.E.E.B.A y quedaba en la calle Estados Unidos y Lima, entre los barrios de Constitución y Montserrat. Aún conservo el carnet de alumno con mi foto, quizás… mi primera “Cédula de Identidad”.
Hoy, para recordar un poco más, llamé a mi madre por teléfono y me dijo: “¡Qué lástima, Luis María, que te tuvimos que sacar, porque te encantaba y eras muy bueno en esto de pintar y dibujar! Era una época política e ideológica  muy complicada (1974-1975). Por tal motivo y porque quedaba lejos y era por la noche, sumado a mi corta edad, pasé allí sólo medio año, meses que fueron, igualmente, de los mejores de mi infancia por varias razones célebres. Primero: porque hacía lo que más me gustaba y además aprendía mucho. Segundo: porque con sólo 12 años me sentía una persona grande y mimada por todos aquellos lindos y locos personajes que me rodeaban y me malcriaban. Entre ellos, Celia Guevara que era una mujer muy interesante, que me estimaba y apreciaba mis trabajos.
Lo mismo recuerdo del director del Taller. Un gordo, típico artista con pelo largo. De chusas blancas y bigotes largos blancos a lo Dalí, siempre llevaba una pipa en la boca y tenía los labios y bigotes amarillentos por el tabaco.
Pero de todo esto, lo que más me enloquecía era ese “olor a taller” mezcla de pintura intensa, aceites, solventes, óleos, que me encantaban y me impregnaban de inspiración y creatividad. Eso, y jugar al rugby con mis amigos era lo que más me gustaba entonces en la vida… pasarme horas en el amplio taller, dibujar y ensuciarme con carbonillas y grafitos.
Por último, recuerdo otra de las cosas maravillosas por las que me gustaba ir. Uno de los días, antes de llegar al fondo a mi taller de dibujo, pasaba por el taller de escultura donde, puerta abierta de por medio, siempre se encontraba una linda y joven modelo, posando para los aprendices.    A pesar de esta belleza que ofrecía la escultura, mi instinto creativo y vocacional se inclinaba entonces hacia el dibujo, y algo misteriosamente, hacia la pintura. En ese mundo de taller y artistas auténticos la pintura ofrecía su gran belleza intrigante y sugestiva. Pero para mí, este misterio vocacional aún estaba lejos.

Lo que me daba el Dibujo.

El dibujo me hacía volar y crear todo aquello que desde chico ya me imaginaba. La riqueza de mis ideas era interpretada  y plasmada así por mi dibujo.
Durante mucho tiempo como estudiante de arquitectura y no existiendo aún las computadoras, dibujé mucho, tanto artística como técnicamente, con resultados muy buenos, con rapidez y buena calidad.
Se podría decir que nuestra generación fue quizás la última en dibujar todo lo que creaba o lo que proyectaba ya que la computadora estaba apenas surgiendo con los programas de Lotus, y en menos de una década haría estragos entre los dibujantes y los amantes del lápiz y la tinta, inclusive del Rotring y las paralelas, de la vida en el tablero…..

El Pintor

Forma la otra parte de este artista.

Siempre consideré que en la mayoría de los casos, cuando uno es originalmente un buen dibujante, a la larga termina trabajando mejor el pincel que el lápiz o la pluma. En conclusión: “Un buen dibujante es mejor pintor aún.”
El dibujar arma y crea la cuestión, estructura, saca de adentro lo imaginable: plasma la creación. El pintar, en cambio, libera, limpia el Alma.
Como pintor di mis primeros pasos aislados cuando en la facultad era uno de los pocos alumnos que representaba sus proyectos pintados. En aquella época no se usaba la computadora aún. Las mejores representaciones las hacían alumnos que dibujaban bien o pintaban, es decir, los más “artistas”.
Siempre exponían mis trabajos como los mejores por proyecto, como por representación.
Uno de los mejores trabajos que hice en mi vida fueron una serie de dibujos pintados de San Telmo, eran alrededor de diez dibujos en los que me saqué 10. Estaban tan buenos que la cátedra se los quedó y no me los quiso devolver. A tal punto que cuando los pedí, decían que los necesitaban para promocionar la cátedra. Nunca más los vi.
Otro avance como pintor fue concursar varias veces para las bienales. En el año 1995 participé en “Dibujos de arquitectos y otros”, que más que dibujos eran pinturas. Me expusieron un trabajo entre los 20 mejores en el Museo Nacional de Bellas Artes.
Pero el arranque nuevamente como pintor, se desarrolla coincidentemente cuando Celina estaba embarazada del gordo Fermín, nuestro segundo hijo. Un mayor despertar en mi sensibilidad concuerda hacia un  nuevo viaje a la pintura y hace que me enganche en un taller libre de dibujo y pintura, que mi amigo y párroco Pbro. Oscar Ojea, había organizado por entonces junto al matrimonio de artista  Linares. Los maestros que guiaban el taller eran buenos, y los alumnos/as eran aprendices por hobby con cualidades básicas y ganas de pintar. Lo bueno de esto fue El Taller en sí. Volver a los talleres después de tanto tiempo, el taller y su olor, su espacio y las carbonillas, las naturalezas muertas y dibujar y pintar con muchas ganas y sin querer parar.
Este tiempo me sirvió mucho para hacer unos cuantos trabajos con mi compromiso y mi cariño de siempre, muy terminados y trabajados, a tal punto que pude presentarlos al año siguiente en un concurso. Así, gané una Beca “Bruno Venier” pintor de la época de Quinquela, bueno y conocido. La beca era  auspiciada por su mujer Paulina, ex bailarina de reconocida trayectoria, quien había bailado en grandes eventos en el Colón y por su amiga, una excelente artista plástica y persona, Josefina Mazzaglia. Esta beca consistía en un curso de un año con ella. Josefina no sólo me enseñó muchas cosas nuevas, sino que además volvió a abrir en mí la vocación de artista, dibujante y pintor, medio abandonada por entonces. Despertó nuevamente y con mayor fuerza ese León dormido dentro de mí. Pero este León se despierta justo en un momento crucial de mi existencia y de mi misión en esta tierra. Terminé la beca con Josefina, y archivé y dormí al León de nuevo como de un sopapo, no quería saber nada con pintar ni con ser un artista. Tenía que dedicar todo mi ser a mi hijito discapacitado a quien  amaba tanto y que sufría sus inconveniencias para ser y vivir. Para entonces, Fermín ya tenía 1 año y medio.
En mi trabajo no me iba mal, pero me consumía mucho tiempo. Tenía dos hijos, Francisca y Fermín y se aproximaba el tercero, Pedro.
Así fue que colgué los botines de la pintura, no quería saber nada. Al menos eso parecía. Así, entonces, pasó el tiempo y sufrí la peor etapa de mi vida, la partida hacia Dios de nuestro tan querido hijo Fermín.
Increíblemente, luego de mis 40 años recién cumplidos, el León empezó a despertarse de nuevo. Participé en concursos que no se parecían a lo que había hecho antes: Monsart, diseño de afiches para un museo textil en Montserrat. En realidad, eso me sirvió de excusa para calentar la mano.
Al poco tiempo le hice un cuadro a Nano, mi hermano mayor, pintado con lápices acuarelables con cierto encanto y belleza: Rancho en la Sierra. Me entusiasmé a tal punto que inmediatamente armé mi pequeño tallercito al que llamé El Lumanart que significa: Luis María nada más que Arte. Así se llamaba este cuartito de 2 x 2 tipo altillo ubicado en el último piso de nuestro departamento de la calle Juncal. Chiquito pero muy agradable y luminoso, el primer taller propio de mi vida. El pintor renacía, al menos, eso parecía. Abría el Lumanart y se abrían las puertas de una nueva etapa.
Es así, en este resurgimiento como artista, que nacería  El Vaquiano.

El Resurgimiento.

Hubo tres cosas claves en este nuevo tiempo de resurgimiento, a saber:

Primero: Un año de escribir mucho, sobre mí, sobre mi sufrimiento, sobre mi hijo Fermín,  poemas varios, sobre qué es el arte y la pintura, y en especial el relato del 20 de Marzo del 2003, cuando estalla la guerra de Irak y las inundaciones de la provincia de Santa Fe.
El relato que escribiera, “Un nuevo Resurgimiento”, coincide también con el taller de comunicación Lecci que hicimos con Celina en el Michael Ham, colegio de Francisca.

-Segundo: Año también donde concuerdo con la lectura profunda, y providencialmente leo dos libros claves para mi, quizás porque llegó mi tiempo:
“El círculo de las siete colinas”, de Tomas Merton, y “Semillas de Esperanza”, de Henri Nowen. Este último marca especialmente el tema de la misión y la vocación para cada persona en este mundo. Particularmente, ambos libros me vinieron como anillo al dedo.

Tercero: Proceso de Cambio, de Crecer, de Crisis.
Caída en el trabajo, país en crisis, empobrecimiento y vaciamiento general, en especial material. Tuve que comprender, de a poco, que mi vida depende de lo que Dios en definitiva me prepara y quiere para mí. ¿Es entonces el tiempo? ¿Es el tiempo nuevo para mí cuando el vacío se fuera llenando con los pedidos y las misiones que Dios me fuera y aún me sigue mostrando? ¿Ha llegado mi tiempo?
Este es el tiempo en que se va forjando el pintor.-

Este es el tiempo en que renace El Artista.

El vaquiano

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